RELATOS

    
   
Del 22 al 28 de mayo hemos tenido el placer de disfrutar de las jornadas “Culturas Entrelazadas”, organizadas por el profesor Rafael Castillo. A lo largo de la semana se desarrollaron actividades relacionadas con la música, la literatura, la gastronomía, los idiomas y las tradiciones de diferentes países. Bajo el lema “Por un Isbilya sin fronteras” nuestros alumnos tomaron contacto con otras formas de vida y pudieron valorar positivamente la riqueza que aporta la convivencia entre personas de distintos orígenes. Fruto de estas actividades son, por ejemplo, estos 4 relatos que recogen leyendas muy hermosas procedentes de naciones como Nicaragua, Venezuela, Nigeria y Honduras. Aquí os los dejamos:
   

El silbón: leyenda venezolana.

Por Charlote Orjuela Angarida. 4º ESO C.

 
En los Llanos Orientales, hace mucho tiempo, había un joven al que le encantaba silbar; por eso la gente lo apodaba El Silbón. Él se la pasaba en las calles silbando alegremente, siempre de camino a una cantina donde gastaba su tiempo y su dinero. Vivía en una casa muy acogedora con una familia que siempre cumplía sus caprichos. Este joven era muy malcriado, mimado y consentido, hasta el punto de que cualquier deseo que tuviera se lo complacían.

Un día, enfadado porque no le gustó la comida que su abuela le había preparado con humildad, obligó a su padre a buscar un venado para cazarlo. Quería que su padre le sacara las vísceras y las cocinara. Su padre, obediente y temeroso de que su hijo cometiera alguna atrocidad por su gran hambre y enojo, se fue en busca del venado. Pero, tras un largo y agotador día de caza, no encontró nada y llegó a la casa con las manos vacías.

El joven Silbón, al ver que su padre no le cumplió su capricho, dejó que el enojo lo consumiera y, bajo los efectos del alcohol, lo agredió brutalmente. Su padre se lamentaba, arrepentido de haberlo criado con tantos consentimientos, pensando que sus decisiones habían convertido a su hijo en un monstruo. Finalmente, el Silbón llevó sus actos al extremo y terminó con la vida de su propio padre. Luego tomó un florero favorito de su abuela, lo rompió y usó uno de los trozos para rasgar el cuerpo de su padre, guardando las vísceras dentro de un saco de tela que llevó de vuelta a su casa.

Al llegar, entregó las vísceras a su abuela para que las preparara. Ella, al verlas, se dio cuenta de inmediato de que no eran de un venado. Le preguntó:

—¿De dónde has sacado esta comida?

Y él, sin remordimiento alguno, respondió:

—El inepto de mi padre no lo logró. No pudo cazar al venado, así que yo le arranqué sus vísceras. Así por fin servirá de algo ese inútil.

Su familia, abrumada ante tan aterradora confesión, lo golpeó hasta que se desmayó, lo ataron a un árbol, le arrancaron las uñas y le sumergieron las manos en jugo de limón. Lo castigaron severamente, aplicándole sal y ají picante en las heridas para incrementar el dolor. El Silbón gritaba y rogaba piedad, prometiendo cambiar, pero su familia sabía que sus palabras eran mentira. Su padre ya estaba muerto, y nada podía reparar lo ocurrido. Posteriormente fue exiliado, y su abuela viendo al silbón desangrarse le gritó "¡Maldito seas!, ¡te condeno a vivir vagando en la llanura por toda la eternidad!, ¡cargarás los huesos los huesos de tu padre en tu espalda y el perro Tureco te irá mordiendo los talones a donde quiera que vayas!"

Desde ese momento, el Silbón se convirtió en un alma errante que murió en soledad. Muchos de los llaneros que lo han visto dicen que es un temible espanto de seis metros que camina mientras emite su escalofriante silbido, y lleva en su espalda, dentro de un saco viejo y harapiento, los huesos de su desafortunado padre.

La señorita Koi Koi: leyenda nigeriana.

Por Mar Díaz Sáez. 4º ESO C.


Hace ya algunos años, muchos más de los que tienen los más viejos del pueblo, el internado ahora abandonado estaba lleno de niños de todas las edades. El edificio se erigía gris sucio contrastando con la lucidez del cielo, y su sombra acechaba sobre los transeúntes. Parecía haber sido construido sin ganas; los ladrillos puestos de cualquier manera, las ventanas encajadas a diferentes alturas, la chimenea torcida y la puerta más pequeña de lo que debería ser. Para aumentar su aire desaliñado, el recubrimiento de la fachada estaba tan gastado, que había más partes de color ladrillo ceniza que de la pintura original. Las vistas no mejoraban al adentrarte en la oscuridad de su boca, los grises predominantes en su exterior extendían sus tentáculos por los pasillos del edificio, tiñendo todo a su paso. Tapices, alfombras y lámparas carcomidas decoraban las augustas estancias; dos para ser exactos, tampoco había más; un comedor y un pequeño salón, descontando la cocina. Las habitaciones de los niños y los baños estaban en la segunda planta y eran todos del mismo tamaño. Diez pequeñas réplicas de cuartillos mal iluminados con camas de hierro y colchones duros. Realmente eran cinco habitaciones cuando el edificio se construyó, pero las habían diferenciado con endebles muros falsos, dejando a la mitad de las habitaciones sin ventanas. En estos cuartuchos se alojaban niños huesudos, con ojos demasiado grandes para sus pequeñas cabecillas rapadas. Los más desgraciados de la región; los huérfanos y los abandonados por malformaciones. Niños variopintos; cojos, aletargados, mancos, mudos, traumatizados, enanos…se congregaban en esa institución que llamaban refugio.

Toda esa mustiedad que se respiraba en el ambiente se extendía a sus habitantes como un virus que te va corrompiendo y te infunde su propia oscuridad. La plantilla de trabajadoras constaba de tres profesoras, una conserje que hacía las veces de limpiadora y una cocinera que casi no cocinaba. Seres menos crueles podrás encontrar en las cárceles, pues eran todas mujeres amargadas por sueños aplastados por la realidad de que nunca llegaron a ser nada más que tristes y grises mujeres trabajando en un orfanato por un sueldo que nunca les permitiría una vida mejor, y lo peor de todo; completamente solas. Sus aspiraciones cercenadas se gangrenaban en sus entrañas, pudriéndose desde dentro y convirtiéndolas en monstruos de carácter tempestuoso. Toda risa les parecía un sonido chirriante, como el rechinar de tiza en sus pizarras cuando enseñaban matemáticas y metódicamente las apretaban contra el pizarrín hasta que los niños se tapaban los oídos. Estos seres carentes de empatía cuidaban, o más bien mantenían vivos, a los pobres niños a base de sopa fría y palizas calientes. El maltrato era algo normalizado entre esas paredes llenas de secretos tristes, las almohadas empapadas eran el diario de angustias asfixiadas en cuartos claustrofóbicos y los moratones en muñecas donde cabía un anillo, tan solo el pan de cada día, ese que no acompañaba a la comida.

Entre todos estos horrores resaltaba la Señorita Koi Koi, como la llamaban los más pequeños. Con los pies siempre enfundados en tacones rojos y altos que le habían provocado una deformación irreversible en los dedos, se paseaba altiva todas las noches de dormitorio en dormitorio, disfrutando con los azotes de regla que dejaban marcas violáceas en las mejillas de los niños. Era temida por todos y cuando entraba en uno sala el aire enmudecía y los niños se convertían en esculturas de cera, aterrorizados de pestañear o tensar siquiera un músculo. Era un reinado del terror del que ella era la máxima autoridad.

Sin embargo, los niños crecen, y con ellos también los rencores y las angustias amargas de una vida de silencios llenos de odio. Por eso una noche oscura, el internado se llenó de gritos adultos en vez de jóvenes. Como todos los días a la hora de la cama, la Señorita Koi Koi empezó con su repaso nocturno de los camastros, golpeando sin piedad las cabezas que asomaban. Riendo en sus tacones altos y su vestido apretado entró en la última habitación. Sin contemplación agarró al pequeño que se resguardaba entre las sábanas y entre carcajadas comenzó a azotarlo. Un golpe, dos golpes, tres, cuatro y cinco y seis y…en su exacerbamiento loco el niño había dejado de moverse. Asustada por primera vez, soltó el saquito de huesos que cayó al suelo con un golpe sordo a la vez que por atrás la asaltaba una fiera enrabiada. De repente, la mujer se encontraba en el suelo con una alimaña encima que gritaba y tiraba y golpeaba y arañaba. La sorpresa del principio no le había permitido reaccionar, pero aquella arpía no iba a dejarse avasallar por una niñata enfurecida. Rodaron por el suelo en un abrazo con uñas; mordiéndose y lanzando puñetazos la una a la otra. Toda la fuerza de años de palizas ahora fluía a través de las manos de la enclenque muchacha, que no estaba dispuesta a soltar a la personificación de sus pesadillas.
 
Los gritos y los ruidos de pelea alertaron al resto de niños y trabajadoras. En tropel intentaron hacerse hueco en la habitación donde tenia lugar la pelea, pero no cabían todos. Aun así, las otras cuidadoras no pudieron impedir la marabunta que se adueñó de la estancia y se derrumbó encima del cuerpo de la Señorita Koi Koi. Como un único ser de cientos de brazos y piernas, como una araña gigante; pegaban los niños a la mujer encogida que antes los aterrorizaba. Puñetazo a puñetazo y patada a patada entre los gritos despavoridos de la cocinera y las otras encargadas, hicieron trizas el cuerpo de la maestra. Una vez pasado el fervor, quedaron dos cuerpos ensangrentados en la habitación, ninguno de ellos con vida. La pequeña víctima y su agresora, molida por los defensores, permanecían inmóviles entre el desastre. Sin vida. La sangre, roja como los tacones de la Señorita Koi Koi, cubría el suelo y salpicaba las paredes, dejando a la vista una escena brutal que resumía en un plano todos los horrores vividos entre las paredes de ese orfanato.

Desde esa noche, nada fue igual. El curso de las vidas de todos los presentes se había visto irremediablemente alterado, embestido, tronchado. Todo sería distinto de entonces en adelante, aunque ni siquiera ellos llegaban a imaginar cuanto. Por unos días duró el estado catatónico a los implicados. Se lavaron las ropas y las paredes y se sirvió el desayuno como siempre; intentando mantener una rutina que estaba rota, vendando una grieta insalvable. Un abismo se había abierto a los pies del decrépito orfanato y poco a poco todos acabarían cayendo.

Primero fueron pesadillas y sueños lúcidos, apariciones más tarde. Sombras al fondo de los pasillos, risas en la noche y el característico “koi koi” de los tacones que eran firma de la asesinada. El sueño abandonó los cuerpos de todos los que vivían bajo la forzada normalidad de un secreto a gritos en un edificio lleno de ellos. La tensión de los constantes murmullos en la noche y las recurrentes sombras que acosaban a los niños comenzó a acumularse, hasta embotar el edificio entero. Como un globo lleno de aire al máximo que puede explotar con el roce de un dedo se encontraba el internado. Hasta que sucedió lo que en secreto todos estaban esperando; apareció el primer muerto. A media noche, un estrépito de pasos se coló en una habitación y en un revuelo de azotes invisibles acabó con la vida de la niña que comenzó la brutal paliza contra la difunta maestra. Pero este extraño suceso no fue el último, uno a uno, todos los niños fueron sucumbiendo al ente que no contento con haberlos torturado en vida, también lo hacía en muerte. Tras el fallecimiento de algunos niños más, las autoridades locales se interesaron por el caso, llegando a evacuar y clausurar el orfanato, que desde entonces permanece cerrado. Pero todos los que una vez lo pisaron acabaron muriendo extrañamente en sus camas por la noche, sin otro indicio de allanamiento que el sonido de unos tacones en el silencio cerrado de la noche.
 

La mano peluda: leyenda hondureña.

Por Charlote Orjuela Angarida. 4º ESO C.


Durante las noches más tenebrosas, según cuentan los relatos más añejos, podía verse una figura inquietante asomarse por los grandes ventanales de conventos y casas antiguas. No era un espectro completo ni una sombra definida, sino algo aún más perturbador una mano solitaria, cubierta de un espeso y oscuro vello. A esta aparición se la conoce como la Mano Peluda, uno de los mitos más temidos del folclore centro americano.

Otras versiones del relato aseguran que la mano emergía desde debajo de las camas o desde la oscuridad de los pasillos, y se abalanzaba sobre los niños que se levantaban en plena madrugada, especialmente aquellos que desobedecían las advertencias de sus padres y caminaban solos hacia el baño. La mano intentaba atraparlos por los pies para arrastrarlos hacia el rincón más oscuro un lugar indefinido que simbolizaba la muerte o la desaparición eterna.

El mito advierte que, si el niño lograba escapar de la Mano Peluda, su pie quedaba gravemente lastimado. Estas heridas debían ser atendidas con rapidez, pues se creía que, de no hacerlo, el afectado podía enfermar gravemente o incluso morir. Por esta razón, generaciones enteras crecieron con un miedo profundo a levantarse de la cama durante la noche, un temor que, según muchos adultos, aún persiste como una inquietud difícil de explicar racionalmente.

Se rumora que honduras es su lugar favorito para castigar a los niños que se portan mal. Quienes afirman haberse topado con la Mano Peluda la describen como gigantesca, desproporcionada, cubierta de abundante vello y con uñas largas y afiladas, garras, capaces de causar gran daño. Lo más desconcertante es que no posee cuerpo alguno: es solo la mano, como si hubiera sido separada de algo desconocido.

Aún hoy, cuando la noche esta demasiado silenciosa y los perros aúllan sin razón, hay quienes juran ver una mano peluda arrastrándose por el suelo. Por eso, en Honduras, muchos siguen diciendo: "Compórtate bien… o la mano peluda vendrá a por ti"

La Mocuana: leyenda nicaragüense.

Por Mar Díaz Sáez. 4º ESO C.


Érase una vez, una tierra tan verde como la más brillante hoja nueva del madroño. Una extensión de tupida maleza, insalvable a pie, pero fácilmente sobrevolable por guacamayos de rosas, rojos y amarillos vibrantes, y por los monos arañas que, balanceantes, pasan de árbol en árbol con agilidad. El murmullo de la vida rampante es continuo, los sonidos de los animalillos se ven amplificados por el natural sosiego de la selva tropical, haciendo fácil oír a los pequeños roedores o a las ranas al croar, pero nunca al puma. En este paraíso de naturaleza salvaje, bañado por el río grande, se encuentra la región de Matagalpa, hogar de la tribu de su mismo nombre.

Hace mucho mucho tiempo, el pueblo de Matagalpa estaba gobernado por el Cacique, un rey muy querido por sus súbditos, ya que era justo y sensato. Vivía en un palacio que parecía crecer del suelo cual guanacaste y extenderse hacia los cielos fundiéndose con los vegetales. En los recovecos de sus formas orgánicas, pasaba los días la hermosa hija del rey, una muchacha alegre e inteligente, siempre dispuesta a ayudar a su padre. Es por eso, que el rey le había confesado únicamente a ella su gran secreto; el yacimiento de oro que era fuente de todas sus riquezas. El camino hasta el recóndito rincón de la selva, donde escondida la entrada por la maleza, se encontraba la cueva que albergaba las pepitas de oro, era conocido solamente por el rey y su hija. De allí extraían poco a poco, con sus propias manos, todo lo necesario, siempre con cuidado de no ser descubiertos por no generar codicia entre el resto. Por ello, eran los encargados de distribuir el oro entre el pueblo y de usarlo para comerciar con otras tribus. Este sistema se desarrollaba sin mayor problemática, todos estaban de acuerdo con él y los matagalpinos vivían en armonía con sus vecinos y los animales de la selva. 

Pero un funesto día, un barco español atracó en las costas nicaragüenses. A base de machete, tropas y escopetas, un nutrido grupo de militares se adentró en la selva sin contemplación por las ramas cortadas ni los guacamayos disparados. A su paso, dejaban un rastro de tierra y hojas aplastadas, los animales huían despavoridos del sonido de sus disparos y toda la selva parecía apartarse ante su incesante avance. Pisada a pisada, machetazo a machetazo, llegaron hasta el palacio del Cacique, quien salió a recibirlos. Todos los matagalpinos de la zona observaron resguardados el intercambio que allí se produjo. Su rey, entre señas, comunicaba a los extranjeros que eran bienvenidos en su palacio y los invitaba a un gran banquete. Una vez los españoles comieron y saciaron su curiosidad bañando con su mirada todo lo que alcanzaron a ver, el Cacique los obsequió con algunas pepitas de oro. Ante el presente, los españoles se excitaron y aplaudieron muy contentos, así que cuando el rey les ordenó no volver por sus tierras, aceptaron de buen grado. Pero mientras realizaban el camino de vuelta, se dieron cuenta de que no había una pepita para todos, y que, realmente una sola pepita por persona era poco; de hecho, dos también lo eran, y tres, pero…el yacimiento del cual debían provenir…quizás no. Los audaces y ambiciosos españoles decidieron acampar en una zona cercana al pueblo matagalpa, pero lo suficientemente alejada como para no ser descubiertos, y comenzaron a tramar un plan. Finalmente decidieron atacar al rey y su pueblo para hacerse con el oro, pero la poca destreza de sus movimientos en la jungla y su nulo conocimiento del escondite del oro, terminó en su catastrófica derrota. Humillados pero no rendidos, los españoles volvieron a retirarse a su campamento para intentar idear un plan mejor. Sin embargo, la oportunidad de abalanzarse sobre el suculento tesoro se les plantearía por sí sola…

La hermosa hija del Cacique, invadida por la curiosidad de aquellas nuevas gentes, se escapó una noche de su alcoba, incapaz de contener su afán explorador. Entre las sombras de la noche, como si caminara por los pasillos de su palacio, recorrió la selva tras las pisadas de los extranjeros, hasta llegar a su asentamiento. Una vez allí, se maravilló ante todos los extraños aparatos que reposaban junto a los hombres durmientes e impulsada por el deseo de saber cómo funcionaban, alargó una mano inocente para intentar coger uno de ellos, con la mala suerte de ser vista por el vigilante de turno. Sorprendida en el acto, la muchacha echó a correr, pero fue alcanzada por el fornido español, quien lejos de dar la alarma, se limitó a escrutarla con atención hasta provocar el sonrojo de la joven. Finalmente la soltó, y con una indescifrable sonrisa le dedicó unas palabras ininteligibles para ella. Paralizada, la muchacha se limitó a observar con atención al extraño, hasta que unas voces lo reclamaron y ambos volvieron con los suyos. Durante los siguientes días, el inusual encuentro no abandonaba la mente de la princesa, quien se olvidó en la melancolía y la desidia. No era capaz de sacarse de la cabeza al apuesto extranjero, así que, desobedeciendo a su padre, decidió volver al campamento otra noche. Se encontró de nuevo con aquel intrigante hombre, quien parecía estar esperándola. En este segundo encuentro, se observaron con curiosidad y comenzaron a intercambiar algunas palabras haciéndose entender por señas. La inocente princesa quedó embelesada por el extraño, y aquel paseo a la luz de la luna fue el primero de muchos. Comenzaron a reunirse todas las noches a espaldas del rey, quien nunca hubiera aceptado aquella relación. Por ello, la princesa, presa de un amor loco y joven, decidió huir con su enamorado.

Los primeros meses después de haberse fugado transcurrieron como un sueño lleno de risas, amor y despreocupación. Eran únicamente ellos dos en una pequeña cabaña en medio de la selva, sin más ruidos que el canto de los pájaros. Todo parecía ir como debiera, la princesa matagalpina no podía ser más feliz, aunque en el fondo de su corazón añoraba a su padre y sus gentes. Pero su apuesto marido le hacía olvidarse de todo por algunos instantes. Sin embargo, con el paso del tiempo, un tema recurrente empezó a ser motivo de discusiones. El joven insistía cada vez más en el yacimiento de oro del cual ella sabía el paradero. Al principio eran solo comentarios, pero fueron escalando a chantajes emocionales y culpas. La pobre princesa, enamorada y embarazada de él, no fue capaz de mantenerse firme en su secreto por mucho tiempo y acabó cediendo ante su enamorado. Entre la culpa y el amor, guió al padre de su futuro hijo hasta la cueva donde se encontraba el oro. El viaje se le hizo demasiado corto, porque un mal presentimiento hacía saltar sus alarmas y la avisaba de que nada bueno esperaba a la vuelta de la esquina. Cuando llegaron al sitio, la muchacha retiró las plantas hábilmente y abrió la entrada de la cueva. Empezaron a adentrarse en la oscuridad de las grutas con la única luz de una antorcha, hasta llegar a lo más profundo, donde toparon con un resplandor dorado. El fuego de la antorcha se reflejaba en todas las láminas y pepitas de oro que decoraban la cueva, cubriendo sus paredes, techo y suelo. Maravillado, el avaricioso español comenzó a recopilar el oro fanáticamente, con un brillo desconocido en sus ojos. Su mujer, asustada por la expresión de su cara, intentó hacerlo parar y le dijo que debían volver antes de que los descubrieran. Ante esto, el joven soltó una gran risotada y empezó a gritar en español. Pronto, la cueva se llenó de soldados españoles que los habían estado siguiendo por orden del joven. Desolada, la princesa salió corriendo, pero su amado la interceptó y de un golpe la dejó inconsciente en el suelo.

Cuando horas más tarde la princesa despertó dolorida en el suelo de la cueva, en sus pupilas no brillaba el dorado característico; todo era gris. Gris suelo, grises paredes, gris techo; gris era ella. Destrozada por la traición de quien era su mundo entero y sabiéndose repudiada por todos los suyos, comenzó a gritar desgarradoramente, golpeándose contra las paredes; presa de un huracán de ira, culpa y tristeza que no la dejaba ir. A trompicones, se dirigió hacia la salida, pero la encontró sellada. La habían encerrado allí dentro, sin ninguna posibilidad de salir. Ni su amado ni su padre se iban a molestar en ir a buscarla, estaba sola y embarazada en aquella oscura caverna, sin más compañía que sus penas y el latido de su hijo en el vientre.

Mientras, el pueblo matagalpino estaba de luto por la pérdida de su princesa y de su oro. La traición de quien habían considerado el futuro de su tribu se clavaba en su corazón colectivo. El Cacique perdió toda su fuerza cuando descubrió lo sucedido y prefirió dejar a su hija en aquella cueva, pues aunque una vez hubiese sido su más valioso tesoro, ahora renegaba de ella y no podía aguantar pensarla. Además, las tropas españolas, más hábiles y experimentadas en las formas de la jungla que antes, comenzaron a instigar a la tribu de matagalpa hasta obligarlos a retirarse. Debieron confinarse al rincón menos fértil, más oscuro y más recóndito del que antes fue su territorio. En la nueva zona no había suficiente espacio y vivían hacinados con el miedo de toparse con algún colono, que sin remordimientos los dispararía con sus armas calientes.

En la antes dorada cueva, la princesa comenzó a enloquecer sin remedio; arrancándose el pelo y arañando su rostro con las uñas. Lentamente, pasaban los días para su pobre alma en pena. La culpa y la traición sufrida nublaban sus sentidos, sumiéndola en un abismo de desesperación. Ni siquiera el próximo nacimiento de su hijo le traía esperanza. El incesante latido que reverberaba desde su vientre por todo su cuerpo le parecía odioso. Era fruto de un desamor que la torturaba y no podía aguantar pensar en aquel parásito que llevaba dentro. Poco a poco, empezó a abandonarse a lo más oscuro de su ser, sin ser capaz de dar vuelta atrás. Hizo un pacto con los espíritus y se convirtió en bruja. Sus ojos se inyectaron en sangre, sus uñas negras crecieron, sus mechones de pelo se volvieron greñas y su corazón; un oscuro y candente hervidero de rabia.
 
Cuando dio a luz a su hijo, no era más que un saco de huesos marchito y su primer impulso fue golpearlo hasta matarlo. Los gritos del recién nacido se fundieron con los de la madre y retumbaron por toda la cueva, haciéndola temblar peligrosamente. Como un río, la sangre de ambos inundaba el suelo. Los golpes y aullidos de la parturienta eran tan fuertes y desgarradores que hicieron colapsar el techo y la entrada de la cueva. De rodillas, completamente loca y convertida en bruja por el sacrilegio cometido, aquella criatura antes humana, fue bañada por primera vez en meses por la luz del sol y con un chillido escalofriante exhaló su último aliento. Los despojos de su antigua persona, que la habían sostenido los últimos meses, repiquetearon al caer y de ellos se elevó un humo oscuro que se perdió en el cielo de la mañana.

Desde entonces, se han producido apariciones de la llamada Mocuana, una temible bruja que espera a los hombres en los cruces de camino para acabar con sus vidas y que rapta a recién nacidos, dejando a cambio algunas pepitas de oro a los padres. La región de Matagalpa está maldita y embrujada por sus pisadas, pues aún hoy en día se oyen sus aullidos en las noches y los nuevos padres no son capaces de dormir tranquilos.